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3 mar. 2011

Las Garras del Demonio - Cap 7

Midnight Moon

La negra noche caía lentamente sobre la ciudad, un telón azul sobre el sol encarnado, formando un rojo y purpúreo anochecer.

Los rayos rojizos del Sol no calentaban el frío y helado suelo de cemento del parking de un enorme edificio de paredes inexistentes, solo unos enormes ventanales cuadrados, cada uno de un color distinto, formando una colorida armonía. Una limusina negra aparcó enfrente de una oculta puerta trasera mal iluminada, y de una de las puertas traseras salió un hombre de gran estatura y cuerpo delgado, vestido con un traje negro y unos guantes blancos, que giró la limusina y abrió la otra puerta de la limusina.

Salió una mujer de cabellos plateados y ojos de oro, que miraba a su alrededor con indiferencia. Los ojos dorados se toparon con los gélidos ojos azules del hombre de cabello negro en una muda orden. Su pálida piel estaba envuelta por un vestido de un prístino blanco de cuello de encaje.

-Gracias, Sebastian -dijo Envy casi al instante, casi sin darse cuenta, como si fuese algo mecánico en ella-. ¿Cuándo vendrá?

-Dentro de media hora, mi señora.

-Bien -asintió con una expresión seria en su rostro.

Entraron por la puerta trasera mientras el coche que les había traído se alejaba lenta y silenciosamente.

Sebastian no caminaba junto a Envy para ayudarla a caminar, como hacía normalmente, sino varios pasos detrás, como dictaba el protocolo, e intentando protegerla del continuo asedio de los periodistas.


Entraron en una sala de enormes dimensiones, de paredes de cristal teñido de vivos colores, con lámparas de araña cerniéndose sobre los elegantes invitados, iluminando la sala con una cálida luz anaranjada. Una orquesta, traída por el embajador japonés, estaba en uno de los laterales sobre un pequeño escenario cubierto de alfombras de intenso color rojo, tocando una música de fondo, dándole un toque distinguido al ambiente.

El murmullo que inundaba la sala aumentó al ver como Envy entraba por la puerta con expresión ausente. Un corrillo de personas se acercó a ella por parejas, todos siguiendo con el mismo saludo ritual, siglos inalterado.

-¡Oh, querida! ¡Te ves esplendida! -le decía la anoréxica esposa de un famoso actor de éxito.

Esto siempre contradecía lo que en realidad las mujeres pensaban en su interior, donde solo había dos opciones: "¡Qué vestido más horrible!" o "¡Qué envidia!" o en su defecto "Va hecha una fulana", y otras variantes de lo mismo.

Entonces, Envy sonreía sin dejarse engañar por los falsos elogios cubiertos de miel.

-Gracias, pero tu belleza eclipsa cual eclipse al sol -dijo con una extravagante reverencia, casi sin darse cuenta de ello.

La mujer se sonrojó visiblemente y comenzaron una banal conversación como todas las que se mantenían en las reuniones sociales de aquel tipo: niños, trabajo, acabando la conversación con un cortés ofrecimiento de cenar en su yate o algo por el estilo, que no se esperaba que el otro aceptase. Simple y falsa cortesía. Envy la rechazó sutilmente con una suave sonrisa en sus labios rosados.

Sebastian se acercó a ella silenciosamente sujetando una copa de burbujeante y dorado champagne con polvos de oro en su interior. Envy lo cogió y le dio un suave sorbo. Aquello podía ser agotador.

-Ha llegado, mi señora.

-Dile que se prepare. Que haga lo acordado cuando te lo indique -le susurró furtivamente.

Sebastian asintió y volvió a colocarse varios pasos detrás de ella. Se llevó su mano enguantada a su oído, ajustándose un pequeño aparato a su oreja.

-La señorita lo sabe, Gluttony. Hay que esperar su señal. Después, todo según el plan. Avisa a Greed -susurró Sebastian.

-Entendido -respondió una voz ligeramente atiplada en su oído.

A pesar de que Sebastian había oído la voz de Gluttony como si estuviese a su lado, en realidad estaba a kilómetros de allí, en su guarida con vistas al Nuevo Palacio de Bellas Artes, sentado cómodamente en su sofá con una taza de café en la mano, viéndolo todo en su ordenador a través de las cámaras de seguridad del recinto.

Gluttony bebió un sorbo de café con morboso placer y modificó la línea de transmisión de su micrófono.

-¿Greed? ¿Me escuchas? -dijo este acercándose al micrófono.

-Te escucho, Gluttony. No hace falta que grites -le espetó la inconfundible voz de Greed.

-Ronda un poco por las mesas y charla de cosas tontas y estúpidas, como se hace en todas esas fiestas, hasta que yo te dé la señal para comenzar el plan. Por cierto…

-¿Sí?

-¿Crees que podrías traerme algo del catering? ¡Me muero de hambre!

Greed no respondió y Gluttony soltó un bufido airado. Su tripa rugió hambrienta.


Greed bebía suavemente un poco de vino mientras escuchaba con interés la conversación sobre el futuro del sector automovilístico, sin perder de vista a Envy con un estudiado disimulo.

-Yo creo que las acciones de Guerrari bajarán tres puntos más -vaticinó un gordo hombre cuarentón mientras se atusaba su bigote negro y gris-. Pero volverán a subir en cuanto empiece el verano, ¡estoy convencido!

-¿En qué te basas para realizar tal afirmación? -le interrogó otro cuarentón barrigudo con mucho interés.

-Estamos en principios de año, donde siempre bajan las ventas. En verano y en Navidad aumenta, pero los coches especialmente en verano. Siempre es así… Por cierto, ¿habéis oído los rumores de los apuros económicos de Divine? Tudor, tú eres el socio mayoritario de Divine, ¿qué nos dices? ¿Es verdad?

Tudor lanzó una enigmática y apurada mirada, como si quisiese ocultar algo a toda costa. Los demás se percataron de esa mirada.

-No deberíamos hablar de trabajo. Esto es una fiesta, señores -dijo como si quisiese cambiar de tema.

Tudor miró con secreta satisfacción como los empresarios asentían, algo nerviosos. Había temor en sus miradas. La semilla estaba sembrada.


Envy pensó que sería capaz de matar con tal de que la gorda señora Prince, la rolliza embajadora inglesa, parase de hablar.

-Siempre me he preguntado por qué ese alto mayordomo te acompaña a todos sitios -dijo con su horrible voz nasal y una mirada pícara en su rechoncho rostro.

Envy palideció levemente. Siempre había temido aquella pregunta, tan tramposa bajo la sedosa apariencia de una banal e inocente plática.

-Desde niña he sido de salud delicada, y no podía hacer todo lo que quería. Contraté a Sebastian para poder llevar una vida normal. Siempre es bueno tener a alguien como Sebastian cerca -añadió con una sonrisa inocente.

La embajadora sonrió algo decepcionada. Había acallado los rumores con una conmovedora y triste historia y una inocente expresión en el rostro.

-Querida De la Rosa, quizás deberías deleitarnos bailando alguna pieza -sugirió el anciano y enjuto esposo de la embajadora. Su esposa le fulminó con la mirada-. No conmigo, por supuesto -se apresuró a añadir.

-¡Oh, querido embajador! ¡Si bailo horriblemente! Pero si con ello os hago feliz, lo haré… Aunque me cueste una pierna -añadió con una risa cantarina.

"Y quizás así descanse de la horrible voz de vuestra esposa" pensó Envy sin que su rostro reflejase tal pensamiento y dejase de tener una sonrisa avergonzada. Sebastian cogió la copa vacía de sus manos y se la dio a un camarero de traje blanco que pasaba por allí.

-¿Desea que le busque un acompañante acorde a la ocasión? -le preguntó Sebastian con sus ojos de hielo puestos en la gente. Su mirada gélida volvió a posarse en Envy-. ¿O lo hará usted?

Envy quedó en silencio, mirando a la nada con rostro pensativo, para luego mirar a Sebastian con una mirada que al mayordomo no le gustó nada.

-Debería retractarse, mi señora -le aconsejó Sebastian con un extraño brillo en sus ojos de hielo.

Envy le dirigió una sonrisa divertida.

-Démosles algo de que hablar, Sebastian.

Sebastian enarcó una ceja y lanzó un suspiro resignado antes de ofrecer su brazo a Envy, que se aferró a él con expresión desvalida. Se colocaron en medio de la zona de baile, mientras la gente comenzaba a girarse a mirarles, extrañada y con una extraña ansiedad en el rostro. Envy comprobó con satisfacción como la gente murmuraba a su alrededor. El director de orquesta parpadeó asombrado, pero se recompuso y agitó sus manos de forma elegante, haciendo que la orquesta tocase a los compas de estas, y la música comenzase a inundar la sala. La música comenzaba con una fuerza desgarradora, con el coro cantando con fuerza. Los danzantes bailaban concentrados el uno en el otro y la música que parecía darles vida, olvidándose de la gente que les miraba extasiada. Habían desaparecido para ellos.

La fuerza que imprimían en sus movimientos no le quitaba la beldad que en ellos había.

Una mujer japonesa salió del centro del coro y comenzó a cantar con una voz melodiosa y dulce que salió de sus labios como delicada miel de un cántaro. La música se volvió lenta, y los movimientos de los bailarines cambiaron con ella.

Sus movimientos lentos y delicados eran bellos y hermosos. En los movimientos de Sebastian había intriga y curiosidad por Envy, cuyos movimientos tenían un extraño y atrayente misterio, como si hubiese un secreto en ellos, pero aún así había fragilidad, y parecía que Sebastian era su único sostén que impedía que cayese a un negro vacío. La sonrisa de Envy era enigmática, y tenía sus ojos dorados en los ojos de hielo de Sebastian.


Todas las miradas estaban fijas en el centro del Salón, excepto la de Alexander, cuya vista estaba fija en una muchacha que miraba con admiración a los bailarines. Recordaba las palabras de Envy y Gluttony sobre ella, y Greed no podía evitar excitarse al pensar que esa chica le daría lo que ansiaba.


Envy y Sebastian acabaron su embrujador baile con una elegante reverencia. Hubo un silencio, y luego una marea de aplausos, como si acabasen de salir de un maravilloso hechizo. Se retiraron del centro de la sala. Sebastian volvió a estar varios pasos detrás de Envy, aunque su rostro estaba acalorado por el esfuerzo, sus ojos seguían siendo del mismo gélido hielo.

Los aplausos les envolvieron en su cálido abrazo. Un hombre se adelantó sin dejar de aplaudir. Envy le reconoció al instante: era John Abel, presidente de Gaia-corps.


-John Abel es un forofo del arte y de la belleza -le había dicho Envy a Greed en la reunión previa que habían tenido aquella tarde-. Para conocer a su familia y poder acercarme, realizaré un baile que he preparado. El embajador inglés siempre me sugiere que salga a bailar. Así me acercaré a la familia.


Ahora tenía frente a ella al que resolvería todos sus problemas.

-¡Magnífico! ¡Espléndido! -exclamó Abel realmente admirado-. Señorita, me ha conquistado.

-Sí -dijo una mujer acercándose a John la que era su esposa-. Nunca vi a nadie bailar como usted. Me llamo Eva Abel. Él es mi querido esposo, John.

La mujer miró cariñosamente a su esposo con sus ojos garzos, acicalándose su cabello castaño.

-Encantada de conoceros. Soy Aditu De la Rosa.

-¿La nieta del Conde De la Rosa? ¿La actriz? ¿La de Divine? -exclamó Eva asombrada-. Una de las mejores, sin duda.

-Bueno, eso intento -dijo con humildad.

-¿Y quién es tu maravilloso acompañante?

-Es Sebastian, mi mayordomo personal.

-¿Tu mayordomo? -exclamaron ambos al unísono, extrañados-. ¿Por qué traes a tu mayordomo?

-Mi salud siempre ha sido muy delicada -respondió Envy con un sutil tono desvalido-. Además, Sebastian es el único acompañante en el que confío que no me pisará al bailar.

Los Abel rieron aquella inocente broma y la invitaron a tomarse una copa con ellos. Un camarero de impecable traje blanco les trajo tres copas de champagne en una bandeja.

-¡Johanne, acércate! -le indicó John a una muchacha de cabellos castaños-. Te presento a la señorita De la Rosa.

-Mucho gusto. Has bailado maravillosamente.

-Me alegro que pienses así, pero soy un pato -dijo con expresión abatida-. Seguro que vuestros padres bailan mejor que yo.

-¡Oh, no! No diga eso. Me sonrojáis -dijo Eva con el rostro rojo de vergüenza.

John miró a su esposa con una expresión extraña en sus ojos azules.

-¿Qué tal si hacemos una competición, querida? -le sugirió este a Eva, que se sonrojó aún más-. Si ganamos nosotros, usted vendrá a cenar a nuestra casa.

-¡Oh, señor Abel! No podría aceptar tal ofrecimiento. No quiero molestar -se disculpó Envy, algo alarmada por dentro.

-Usted nunca sería tal cosa. Y si usted gana… Bueno…

-¿Qué les parece que si son invitados a la casa de la señorita De la Rosa? -sugirió Sebastian, clavando sus ojos de hielo en Envy.

-Me parece una idea magnífica -corroboró John con entusiasmo-. Johanne, te dejo mi copa. Quédate aquí y espera. Vamos a ganar.

-Tienes mucha autoestima, Padre.

-En mi juventud, tu madre y yo ganamos algún que otro premio de baile.

John le dirigió una cariñosa mirada azul a su hija, se peinó un poco su pelo rubio con la mano, ofreciéndole el brazo a su esposa. Se situaron en el centro de la sala, y una música lenta, que Envy reconoció, comenzó a sonar. Los Abel bailaban lentamente, dulcemente. Sus movimientos poseían una antigua y decadente, pero bella, elegancia.

Envy palideció visiblemente al oír la canción, y su mano comenzó a temblar. Sebastian le cogió la copa para evitar que esta cayese al suelo. Entonces Envy intentó serenarse, respirando lentamente, hasta recobrar la sangre fría, pero en sus ojos había un brillo triste.

-¿Sabes en el lío en el que me has metido? -les espetó a Sebastian con frialdad en apenas un susurro.

-No se preocupe, no acabarán de bailar -dijo, llevándose la mano al oído-. Gluttony, ahora.

Nadie respondió a su llamada.


Gluttony estaba en la puerta, pagando al repartidor que le había traído la pizza. Había apagado el altavoz para que este no sospechase nada. No podía oír la llamada de Envy.


-¿Qué hacemos ahora, señorita? -le preguntó Sebastian, al ver que nadie respondía.

-Calma. Distraeré a Abel hasta que puedas contactar con Gluttony.

-¿Y si no contesta? -le preguntó, haciendo palabra el temor de Envy.

-Prepárate para lo peor -respondió con expresión adusta.

Envy se acercó a Johanne, recordando la reunión de aquella tarde.


-Johanne Abel -había dicho Gluttony-. La hija mayor de John Abel. Su única hija, ahora que ha muerto Jack Abel. Posee una importante cantidad de acciones.

-Es una persona romántica, inteligente y, de una forma extrañamente elegante, algo masculina -le había dicho Envy a Greed, mientras tomaba un sorbo del té que Sebastian le había preparado-. Haz al pie de la letra lo que te he dicho y esa chica caerá a tus pies.


Envy miró a Johanne, vestida con un sencillo y elegante vestido esmeralda. Su cabello era castaño, recogido en un elegante moño, y sus ojos eran de un profundo azul.

-Johanne, ¿a qué te dedicas? -le preguntó Envy bebiendo un sorbo de la copa que volvió a coger de las manos de Sebastian, intentando ganar tiempo.

-Bueno… Trabajo en el laboratorio biológico-químico de mi Gaia-corps -dijo, algo extrañada de la curiosidad de Envy.

-Espléndido -dijo Envy admirada, mirando furtivamente a Sebastian a la espera de su señal.

Pero Sebastian no dijo nada, intentando contactar inútilmente con Gluttony.

-Estoy sedienta… No creo que mi padre se moleste si bebo un sorbito -dijo Johanne con una sonrisa.

Envy vio con latente horror como Johanne bebía y el líquido dorado caía en su boca, y segundos después caía al suelo inconsciente.

Entonces Greed apareció y, cogiendo a Johanne entre sus brazos, se marchó de camino al hospital.


Envy estaba petrificada, sin moverse. Apenas respiraba. Por un momento, por un instante, el plan estuvo a punto de destrozarse. Sin embargo, ello no la preocupaba. La banda había dejado de tocar aquella canción.

Sebastian apareció por detrás, y, cogiéndola por la mano, se la llevó de allí. Envy se dejó guiar, sumida en sus pensamientos, sin apenas conciencia de lo que ocurría a su alrededor. La gente chillaba y salía corriendo de allí, mientras que otros se quedaron allí, petrificados de horror, sin saber que estaban siendo observados por unos ojos del color del café.


Gluttony celebró el éxito de la misión con un enorme trozo de pizza.

-Una recompensa para el campeón -dijo con una sonrisa complacida, saboreando el sabor de la pizza.

-¿Qué celebras, Gluttony? -ronroneó una voz a su espalda.

Gluttony se giró alarmado y sus ojos cafés se encontraron con los ojos purpúreos del visitante.

-Lust…

La sonrisa de Lust surgió de entre las sombras, dejando boquiabierto a Gluttony.

-Lust… ¿Cuándo has entrado?

-Subí por el balcón hace rato.

Gluttony miró con escepticismo los altos tacones negros de Lust y dudó que con ellos se pudiese escalar.

-¿Qué me ocultas, Glu-Glu? -le susurró Lust al oído, haciendo que sus cuerpos se rozasen. El embriagador aroma de Lust comenzaba a atontar a Gluttony-. Dímelo, Glu-Glu, no se lo diré a nadie.

-Bueno… -dijo entre la espada y la pared. Le lanzó una mirada desvalida pero Lust no se compadeció-. Greed quiere casarse y matar a la hermana de Jack Abel para conseguir las acciones familiares de Gaia-corps. Y es probable que los padres de la chica mueran…

Lust le miró con una expresión de asombro, sin decir nada. Entonces comenzó a reír. Gluttony la miró sin comprender nada. Entonces paró de reír, y sus ojos púrpuras se oscurecieron hasta tornarse rojizos.

-¿¡EN QUÉ DEMONIOS ESTÁBAIS PENSANDO!? ¿¡ACASO SE TE HA SECADO EL CEREBRO DE TANTO CAFÉ!?-chilló Lust enfurecida.

-Dijiste que no harías eso -le recriminó Gluttony.

-No, querido Glu-Glu. Yo te prometí que no se lo diría a nadie, no que no me enfadaría y te regañaría… -le dijo Lust con voz apacible.

-Pero lo hecho, hecho está. No voy a lamentarme de ello.

Gluttony la besó con pasión mientras le acariciaba la espalda suavemente. Lust esbozó una dulce sonrisa y le besó con una inusitada inocencia en ella. Aunque Gluttony notó que aún estaba enfada.

-Lust… -susurró Gluttony, besando apasionadamente a Lust-. Te quiero -le dijo, intentando que se le pasase el enfado.

El cuerpo de Lust se petrificó al oírlo. Se separó lentamente de Gluttony sin decir ni una palabra y le dio la espalda.

-¿Qué te ocurre, Lust? -le preguntó Gluttony, preocupado. No notaba que el cuerpo de Lust temblaba.

Sin decir nada, en un mudo silencio, Lust se marchó, cerrando con un portazo, único indicio de emoción en ella.

Gluttony se quedó largo rato mirado la puerta, sin comprender nada.


Sebastian acomodaba a Envy en su mullida cama con dosel. Le había quitado la peluca de níveos cabellos y las lentillas, volviendo a ser la misma muchacha de cabellos de bronce, oro y sangre.

-Ha sido un día muy movido, mi señora. Ahora toca descansar -le dijo Sebastian, cubriendo su cuerpo con el edredón de plumas. La miró con expresión preocupada en sus ojos de hielo-. ¿Las necesita?

-No, Sebastian. De momento no.

-Buenas noches, mi señora -se despidió Sebastian con una respetuosa reverencia antes de irse, cerrando la puerta tras de sí.


Sebastian caminó ensimismado por los alfombrados pasillos de la mansión hasta que se topó con una figura femenina vestida con un sencillo y elegante traje gris.

-Buenas noches, señorita Ureña.

La mujer de piel pálida sonrió y se llevó una mano a sus cabellos oscuros recogidos en un elegante moño.

-¡Oh, por favor, Sebastian! Llámame Majo… -dijo con una sonrisa pícara.

-Lo lamento, señorita, pero no lo haré. Sería una enorme falta de respeto a una dama tan bella -se negó con una sonrisa-. ¿Ha venido a ver a la señorita De la Rosa?

-Sí, ¿puedo?

-En este momento, mi señora está descansando, y no recibe visitas hasta mañana.

-Es importante -dijo Majo, abandonando la sonrisa por una mirada seria.

-Decídmelo a mí, y se lo trasmitiré a primera hora de la mañana.

-Es que… -dijo con una incómoda sensación-. Es sobre ti.

-¿Sobre mí? -exclamó con expresión sombría-. ¿Qué es?

-Verás… El Conde De la Rosa se ha enterado lo del baile, y dice que… Si no te despide, la desheredará.

Sebastian esbozó una triste sonrisa. Lo comprendía perfectamente, y había temido aquello al bailar con su señora.

-La señora me obligó… -añadió en un susurro-. Y si ese fue su deseo, yo he de cumplirlo y aceptar sus consecuencias.

-Sebastian… -musitó Majo, apenada.

-No se preocupe, señorita. Le dejaré mi dimisión mañana por la mañana.

-¿Quieres venir a mi cama a dormir? -le preguntó Majo con una sonrisa pícara y esperanzada.

-Lo siento, pero he de declinar la oferta. Mañana he de organizar las cosas antes de irme. Que paséis buena noche.

Sin decir nada más, Sebastian se marchó a la zona de los dormitorios del servicio, en la parte trasera de la mansión, con la mirada alegre y apenada de Majo.


Envy miraba por la enorme ventana de su habitación, dejando que la luna hiciera más pálida su piel. Entre sus manos tenía algo que apenas se alcanzaba a ver, y canturreaba una canción triste, sin expresión alguna en su rostro. Era la misma canción que la de la fiesta.

Se sentía vacía. No sentía nada. Ni ira, ni tristeza. Sólo una creciente envida que la consumía.

Miró las luces de la ciudad, donde la gente reía, se divertía, sentían… Vivían.

Brucia la luna n´cielu

E ju bruciu d´amori

La canción resonaba en la mente de Envy, intentando sentir lo que la canción decía. Pero no podía.

1 comentario:

  1. Amo este capítulo!! Lo amo, lo amo, lo amo (sí, amo todos en los que Gluttony salga con una taza de café o con sus dedos sobre Lust)

    Por cierto, tenía que cagársela al decirle "te quiero", pero no te llevés a Lust tan rápido. Digo, la quiere pero ni pa taaaaanto... ¿o sí?

    Bueno sigue siendo tu personaje pero dejame inflar mi ego un rato más >_<

    Sobre el plan, me encanta, desde el tercer capítulo tenés que Greed va armando su plan y aquí empieza a desencadenarse. Claro que nunca me podría imaginar a Sebastián hablando tan tranquilamente con Gluttony (es porque a mí en lo personal el mayordomo no me agrada tanto)

    Sobre Pride (que no dije nada el capítulo pasado) te puedo decir que me parece algo volátil, lo que me obliga a pensar que no es el mejor realmente. El orgullo te rebaja, por eso lo siento tan vulnerable como su hermana Eris. Blitch la tiene difícil... ¡qué elija a Gluttony! Naaaaaa, él es feliz con su trabajo, dejalo ahí

    Espero espero espero que por favor continués con esta grandiosa historia aunque te soy sincero, de ser vos, le daría una buena pulida (o con un editor que se preste, en este caso like me) y lo mandaría a las editoriales. No te imaginás lo increíble de tu historia y de la manera hipnotizante y oscura de tu prosa

    Saludos, bichilla
    Villa

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