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23 mar. 2011

Las Garras del Demonio - Cap 8

The brightness of their eyes

En el negro telón nocturno comenzaron a desaparecer las brillantes luces que eran las estrellas, antes allí colgadas, y el tono rubí que precedía al amanecer se extendía conforme el Sol comenzaba a mirar la durmiente ciudad desde el horizonte, tiñendo los edificios de coralinos colores.

El amanecer tiñó de dorado la mansión de empalidecidas paredes, que cobraron un bruñido brillo. La luz del Sol se colaba por las ventanas, abiertas a las brisas, iluminando una habitación pequeña de sobrias paredes encaladas. Era una habitación austera, con una pequeña cama de negro cabecero de metal, una cómoda sencilla, un armario y una pequeña puerta entreabierta, que comunicaba con un pequeño baño donde un hombre elegantemente vestido se cepillaba su cabello oscuro. Comprobó con su fugaz mirada azul sus guantes blancos y se lanzó un último vistazo antes de salir con paso calmo y seguro.


-Buenos días, Sebastian -le saludó un rechoncho hombre con un marcado acento francés, vestido con ropas de cocinero-. Aún no he preparado el desayuno.

-No tardes, Pierre. Mientras, iré limpiando el Salón de la Sala Este.

El francés se acicaló su fino bigote encogiéndose de hombros. Hacía mucho que trabajaba allí, pero nunca comprendería a Sebastian.

Sebastian se despidió y nada más cruzar la esquina, sus ojos de hielo se encontraron con unos oscuros ojos, surcados por arrugas. Una anciana de cabellos canos por la edad, pequeña estatura y expresión seria, que se suavizó al ver al mayordomo.

-Buenos días, señora Rachel -miró tras la anciana-. ¿Y las doncellas?

-Aún se estaban vistiendo cuando las dejé… ¡Lo que me faltaba por ver! -gruñó con furia en sus ojos azabaches.- Los jóvenes de hoy en día no son como los de antes. Se pasan el día charlando, y charlando sobre cosas estúpidas… Y como les hables de trabajar se sienten ofendidas… -bufó con una mirada asesina.

-Es siempre ha sido así -sonrió Sebastian con un deje cariñoso en la voz-. El desayuno aún no está listo, así que ordena a tus chicas que pasen el polvo.

-Lo harán, a menos que quieran que desempolve la vara… Añoro los viejos tiempos… Si al menos James estuviese aquí.

La congoja sustituyó a la ira en el rostro arrugado de la anciana, que descartó aquellos pensamientos con una leve sacudida de su cabeza, y no vio la angustia en los ojos de hielo de Sebastian.

-Bueno, eso ahora de igual. Dios lo cuidará bien allá donde está… -musitó con tristeza-. En fin, voy a ver al rebaño de borregas -añadió con una sonrisa mordaz, y se marchó, dejando a Sebastian sólo con sus pensamientos.

Aquellas eran las cosas que añoraría cuando estuviera lejos de allí, la vida sencilla de aquello que habían sus amigos desde hace muchos años, la lentitud con que el tiempo pasaba entre las habitaciones, cosas banales. La furia de la señora Rachel; la pereza de Pierre, el cocinero; los eternos sonrojos y las miradas furtivas de las doncellas; los veranos bajo la fresca sombra de los manzanos y las peleas de los jardineros por quien se sentaba más cerca de la chimenea en el crudo invierno. Cosas banales, cosas sencillas que Sebastian añoraría.


Luz clara de mañana se colaba por las coloridas ventanas, tiñendo de colores el enorme Salón Este. A pesar de no tener polvo, ni una sola mancha, parecía no haberse usado en mucho tiempo. La sala parecía recordar tiempos mejores, tiempos en que aquellas enormes arañas e cristal destilaban cálidas luces, donde mucha gente bailaba con sus elegantes vestidos, y eran felices. Recordaba tiempos mejores, cuando la mansión vivía.

Una voz llenaba la sala con una canción a capella, resonando en las muertas paredes del enorme Salón. Esa voz era de un mayordomo de alta estatura, cabello oscuro y ojos de hielo, que limpiaba velozmente el polvo de las mesitas y de las lámparas que en ellas había. Unos ojos castaños le miraban con nerviosismo, y la doncella de cabellos rojizos a la que pertenecían. Se ordenó sus cabellos rojizos bajo la blanca cofia, tomó aire y cogió fuerzas, entrando en la sala, llamando la atención de Sebastian con un hilo de voz.

-¿Sí, Coixette?

-Esto… -musitó, roja de vergüenza. Todas las fuerzas que había cogido al entrar se fueron en aquella palabra-. El desayuno está listo -musitó en un susurro casi inaudible.

-Muchas gracias. Enseguida voy -dijo, terminando con la lámpara que limpiaba.

La chica se puso aún más roja por el agradecimiento de Sebastian.

-Por cierto, dile a la señora Rachel que paséis por esta habitación primero. ¿Lo harás?

La muchacha asintió, con la cara completamente grana. Se marcharon, y la doncella no podía dejar de mirar al suelo, roja de vergüenza. La doncella se recuerda la pregunta que había prometido hacer a sus compañeras, peor no tiene fuerzas para hacerla. Coge aire como si le fuera la vida en ello.

-Sebastian… Tú… ¿Estás con alguien?

Sebastian se paró en seco y la miró con frialdad, una frialdad que aterró a la doncella, que retrocedió horrorizada. Al ver el terror en su rostro, Sebastian se relajó y sonrió de nuevo.

-Lamento haberte asustado. No, no estoy con nadie -dijo con una amplia sonrisa.

Coixette se relajó al ver la dulzura en los labios de Sebastian y le devolvió la sonrisa. Siguieron el resto del camino sin hablar, pero si lo hubieran hecho, Sebastian no lo habría oído. Estaba sumido en sus pensamientos.


Llegaron a un comedor de grandes dimensiones, con tres mesas alargadas, donde comía el servicio de la villa. Las mesas estaban llenas de gente que hablaba animadamente, otros se mantenían despiertos a duras penas. Pero nadie comía.

-¿Qué ocurre?

-Creo que hay problemas en la cocina -le dijo un jardinero de cabellos pelirrojos.

Sebastian entró en la enorme cocina de blancos azulejos, y vio a tres hombres rojos de ira, mirando con ojos asesinos a una sollozante doncella de negros cabellos, inmersa en un mar de estropicio que había sido el desayuno, de porcelana rota, huevos explotados, aceite mezclándose con naranjas… La doncella miraba a Sebastian con sus ojos rojos del llanto.

-¡Lily, eres un parásito inútil! ¡Un parásito! -le vociferó Pierre, con toda su ropa manchada de restos de comida.

-Pierre, eso era innecesario -le recriminó Sebastian, ayudando a levantarse a la doncella-. Lily, arregla este desastre.

Lily asintió poniéndose a llorar de nuevo. Sebastian suspiró cansinamente, sacó un pañuelo de tela del bolsillo de su pantalón y se lo tendió con delicadeza.

-¿Qué hacemos, Sebastian? Pronto la señorita despertará -musitó el chef con terror, acariciando su fino bigote.

Sebastian lanzó una molesta mirada al estropicio que Lily intentaba limpiar, y lanzó una fugaz mirada a su plateado reloj de bolsillo.

-François, René, preparar los huevos y el bacón. Jean saca la mermelada, la mantequilla y exprime el zumo -les ordenó con la tranquilidad de quien esta acostumbrado a tomar decisiones.

Estos asintieron y obedecieron con diligencia. Mientras, Sebastian se movía con una velocidad pasmosa en la cocina, ayudando a exprimir, calentando la leche en un cazo, cortando el pan y poniéndolo en la tostadora. Parecía poder estar en dos lugares al mismo tiempo, como si pudiese desdoblarse en dos.

-François, los huevos -le avisó Sebastian sin siquiera mirar.

El francés sacó los huevos antes de que se quemaran por la falta de mantequilla, sin asombrarse por que el mayordomo lo hubiera sabido, o que pareciera estar en dos sitios al mismo tiempo. Había tenido un talentoso maestro.

Sebastian miró el reloj de su bolsillo con el ceño fruncido. Quedaban quince minutos para las seis. Comenzó a moverse con asombrosa soltura, sacó dos tostadas. Apartó un poco de leche caliente mientras cogía el bote de mermelada de fresa; sacó una tetera de porcelana, llenándola de agua hirviendo, con un ágil gesto cogía la bolsa de tela que contenía las hojas de te. Después, lo colocó todo ordenadamente en una bandeja de fina plata.

-Voy a despertar a la señorita -informó cogiendo la bandeja con sus manos enguantadas.

-¿No vas a desayu…?

François no pudo acabar la frase. Sebastian se había ido.


Las pesadas cortinas grana se separaron con un susurro metálico, dejando entrar las luces de la alborada, que cegaron los ojos de la dormida Envy, que gruñó molesta, se giró, y se arrebujó aún más entre las enormes mantas de su cama. Sebastian arrancó las mantas del cuerpo acurrucado de su señora, sólo cubierta por un ancho camisón de hombre.

-Mi señora, ya llegó la mañana. ¿Desea tomar el desayuno en la cama? -dijo con una casi invisible sonrisa burlona.

Envy gruñó molesta, abriendo sus ojos avellana con dificultad, cegada por el sol, cuyas luces entraban por la ventana. Gateó hasta el borde de su cama y se desperezó gatunamente con un largo bostezo.

-Creo que no. Hoy va ser un día agitado.

Sebastian asintió, comenzando a sacándole el amplio camisón por la cabeza para vestirla.

-¿Hay nuevas nuevas, Sebastian?

-La señorita Ureña solicita una audiencia con vos.

-¿Majo? -musitó Envy, algo contrariada. Los vapores del sueño se desvanecieron de su mente, despierta al fin-. ¿Qué querrá ahora?


Envy comía con pesadez una tostada cubierta de mantequilla y mermelada mientras echaba un vistazo a una revista de moda con una curva molesta en sus labios. Divine aún estaba dos puntos sobre Goddess. Sebastian le recitaba la agenda de aquel día mientras le servía una taza de te con leche.

-A las nueve, visita al señor Conde. A las diez, reunión hasta las doce. Después de una comida ligera, reunión para conocer a un nuevo y mediocre diseñador de una pequeña compañía. Hoy es sábado -añadió con un tono significativo.

-Gracias, Sebastian -le agradeció Envy, dándole un suave sorbo a su te con leche y canela.

Sebastian hizo una leve reverencia en respuesta a ello, mientras recogía el vaso de jugo de naranja que había tomado su señora y el plato de Majo, que le lanzaba una mirada pícara bebiendo una pequeña taza de café.

-El Conde pretende desheredarme -siseó Envy con los ojos fijos en su taza. Dorados los ojos y pálido su cabello.

-Sí.

-No era una pregunta -la cortó Envy con frialdad-. Me imaginaba que haría eso. Siempre mirando por las apariencias.

-El Conde es anciano ya. Faltan pocos meses para celebrar vuestra mayoría de edad. ¿Acaso no podéis esperar hasta entonces para comenzar a darle esos disgustos?

-Me encanta el Conde -comentó la joven condesa como si no hubiera oído las palabras de Majo-. Él, y sus retrógrados pensamientos sobre la carencia de alma del servicio -añadió con una falsa y exagerada sonrisa cariñosa.

El tono exageradamente alegre e irónico hizo que Majo soltase un suspiro cansado.

-Envy, el estado del Conde cada día empeora. Posiblemente, a este paso, no llegará a Junio.

-¿Acaso tengo la culpa de la debilidad de su corazón de piedra? -sonrió dando un sorbo a su té hindú, con leche y canela, que despedía un aroma cálido y dulzón. Levantó la mirada de la taza, fulminándola con aquellos ojos dorados.

Los ojos miel de Majo se desviaron, mientras se atusaba distraídamente un mechón de su cabello castaño.

-No lo olvides, Vile -dijo Envy con una fría sonrisa, recostándose en el respaldo acolchado de su silla-. Tu rango es inferior al mío, me debes obediencia. Y si me desagradas, pueden ocurrir "cosas"… Sin embargo, nunca se dirá que fui desagradecida con aquellos que me sirven bien.

Majo asintió, tragando saliva nerviosa. La joven condesa tenía la facultad de alterarla. Envy le tendió la taza ya vacía a Sebastian, y colocó su fina barbilla sobre sus manos entrelazadas.

-Hoy tengo una visita programada al Conde. Intentaré apaciguarle, y sino, probaré mañana. Quizás el tiempo lo haga por mí, aunque siga con las mismas obcecadas ideas. No te preocupes, Majo, tu señor vivirá para Junio. No pienso dejar que el Estado me asigne un tutor.

-Es hora de marcharnos, mi señora -le informó Sebastian, mirando de refilón su reloj de plata, con una delicada rosa grabada en su superficie.

Envy se levantó de su asiento lentamente, con un extraño y familiar pensamiento rondando su mente. Notó que Majo la llamaba, y su mente descendió del mundo paralelo que eran sus pensamientos.

-¿Qué? -musitó-. Lo lamento, Majo. No dormí bien.

-Lamento oír eso. Yo he dormido como un tronco. Pero me costó dormirme pensando que Sebastian vendría a levantarme -apuntó con una sonrisa pícara. A la velocidad del rayo, le dio un azote en la nalga a Sebastian con una mirada indiscreta.

Sebastian se ruborizó ligeramente, pero se recompuso rápidamente con un carraspeo incómodo.

-Disculpe, señorita Ureña, ¿podría no volver a hacerlo?

Majo esbozó una exagerada expresión pensativa en su rostro.

-Mmm… Déjame pensar… No -rió con burla.

Sebastian suspiró exhausto y lanzó una mirada suplicante a Envy, que le ignoró, concentrada en un petirrojo que gorjeaba en la ventana su agudo trino, poniendo todo su pecho grana en ello. Sebastian lanzó un suspiro resignado, cogió la chaqueta de cuello levantado de su señora y se lo puso, levantándole los brazos para ello.

-Sebastian… -musitó Envy mientras hojeaba un folio que había sobre la mesa.

-¡Oh, por supuesto! -exclamó Sebastian, girándose hacia Majo-. El diez de este mes, a las dos de la madrugada, reunión en la Mansión de los De la Rosa. ¿Asistirá, señorita Ureña?

Majo asintió, emocionada. En aquellas reuniones sólo asistía Blitch, los siete Grandes y sus subordinados predilectos. La mayoría de los subordinados que asistían a esas reuniones habían sido Grandes en aquel mundo. Majo lanzó una mirada furtiva a Sebastian, el cual las ignoró.

-Iré encantada… Sobretodo si vas tú, Sebastian -añadió en un susurro secreto- ¿Así que Sebastian no se va? -musitó con expresión apenada-. Y yo que quería contratarle…

-Vile -gruñó Envy con un frío reproche-. Nunca digas lo que piensas a los demás. Nunca. Jamás. Jamás deben saber lo que hay en tu cabeza.

-Sí -dijo arrepentida y sonrojada. Había sido un desliz muy tonto por su parte.

Envy no dijo nada más, lanzando una fugaz mirada a la ventana donde había estado el petirrojo, como si desease salir por ella y escapar de algo, ser libre. Un estremecimiento recorrió la espalda de Aditu. Tenía un mal presentimiento. De repente, la puerta se abrió de un portazo y una sirvienta entró, tropezando con las faldas de su vestido y casi besa el suelo, pero Sebastian la sostuvo a tiempo entre sus brazos.

-Lily, ten cuidado.

-L-lo lamento, Sebastian -dijo roja como un tomate. Se giró hacia la joven condesa, aún sonrojada-. El Duque Pravus de NewIsland está aquí y solicita audiencia con usted.

Lily tragó saliva con nerviosismo cuando a través de sus gruesas gafas vio la mirada de Majo y Sebastian al oír el nombre de aquel hombre. El sereno rostro de Envy no dejaba traslucir ninguno de sus pensamientos, ninguna expresión emotiva en su rostro frío, cuyos ojos estaban opacos y sin vida, muertos, a pesar de las lentillas doradas. Lily recordaba aún cuando aquellos ojos no llevaban lentillas para darle un toque de vida, cuando esos ojos irisados cambiaban de color, del ámbar al rojo, al dorado, al negro o al simple avellana. Aquellos ojos que Envy había heredado de su madre, Roze. Esos ojos que un día se apagaron.

-Sebastian, ¿cómo va la agenda? -inquirió Envy rompiendo aquel silencio.

Sebastian salió de su ensimismamiento y sacó del bolsillo de su chaqueta la agenda electrónica.

-Quedan cuarenta y cinco minutos para la cita con el Conde. Veinte minutos para llegar al hotel.

-Hazle pasar. Tiene diez minutos -concedió Envy con un deje autoritario en la voz.

Lily asintió, nerviosa. Salió rápidamente, intimidada por la extraña aura que emanaba la joven condesa.

Envy se giró hacia Majo, desviando la vista de la puerta y olvidándose completamente de la doncella que acababa de entrar por la puerta y cuyo nombre nunca conseguía recordar.

-Márchate, Vile. El Conde te estará esperando. Es una de las desventajas de ser un agente doble… Tienes que aprender a estar en dos sitios al mismo tiempo.

-Señorita De la Rosa -se despidió Majo con una breve reverencia.

-Puedes retirarte.

Majo guiñó un ojo a Sebastian con picardía antes de salir, cerrando la puerta tras de sí. Alguien tocó la puerta poco tiempo después, y Sebastian, con un gruñido molesto, abrió la puerta con una reverencia respetuosa al hombre que entró en la habitación.

Era un hombre de unos treinta años, cabellos largos y encarnados caían por su espalda en una elegante coleta. Sus ojos eran de un suave color miel, y su piel era pálida, casi enfermiza. Vestía un traje de un rojo chillón, como el color de sus cabellos, con puños y bordes de encaje de un tono casi más pálido que sus manos, apretadas en un bastón, con todas las venas y los músculos contraídos por ello. Poseía una gran sonrisa, que, junto a sus cabellos y su indumentaria, le daban una apariencia loca y excéntrica.

Se arrodilló con extravagancia a los pies de Aditu besando suavemente la mano de Envy. Envy le dedicó una delicada y sencilla reverencia cargada de aparente respeto, ya que en su rostro no había sentimiento alguno.

-Duque Pravus -le saludó Envy con sencillez casi ritual.

-Mi exquisita Aditu, ¿por qué insistís, mi primorosa dama, en ese trato tan formal? -dijo con su voz varonil y elegante en un tono exageradamente dolido.

-Es el protocolo, duque Pravus.

-¿Qué protocolo debe haber entre los enamorados, mi muy adorada Aditu? -dijo levantándose del frío suelo de mármol negro con gesto teatral-. Apenas puedo contener la emoción al pensar que dentro de cuatro meses… -se estremeció ligeramente-. ¿Estás tan ansiosa como yo, Aditu?

-Estoy ansiosa de que llegue Junio, señor duque.

-Por favor, Aditu, llámame Pravus, o James… -musitó en tono lastimero-. Me harías muy feliz si lo hicieses, al igual que si me concedieseis una cita para conocernos mejor, mi delicada Aditu.

-¿Para conocernos mejor, duque Pravus? -repitió Envy como si no comprendiese aquello.

-Después de todo, estamos prometidos… ¡Eh, tú! -dijo indicando con un gesto vago a Sebastian-. Tráeme un vaso de vino. Pareces listo, así que dejaré que elijas el vino, y si en realidad lo eres, no tardarás.

Sebastian miró dudoso a Envy, a la espera de órdenes.

-Señor duque, no puede dar órdenes a mi mayordomo personal, ya que le necesito a mi lado para ayudarme.

-Lo lamento, ha sido una grave falta de consideración hacia ti. Ruego me perdones -se disculpó con una extravagante y barroca reverencia.

El duque Pravus J. Odd de NewIsland siempre había sido muy extravagante, tanto en sus gestos y maneras, como en su forma de hablar y de vestir, siempre en un exagerado tono solemne y recargado. Envy siempre le hablaba de la misma forma extravagante para que se sintiese más cómodo, pero nadie sabía muy bien lo que le provocaba en ella, pero sin duda no le agradaba demasiado su compañía. El duque era algo más, una obligación entre muchas otras.

-Os perdono, y ruego que me dispenséis, pero hay asuntos que reclaman mi presencia.

Pravus esbozó una sonrisa decepcionada, le besó la mano delicadamente y se marchó con sus ademanes estrambóticos, dejando tras de sí un ligero aroma a rosas.

Sebastian miró su reloj de plata, instando a Envy a marcharse, guardándolo de nuevo en el bolsillo. Se marcharon, y la habitación quedó desierta, con las ordenadas bandejas del desayuno como única señal de que alguien había estado allí.


Un coche negro, de lunas tintadas, se dirigía al centro de la ciudad, entre la ingente cantidad de coches que circulaban con fluidez por las carreteras de la ciudad, como sangre circulando por el cuerpo de un ser vivo, y los caminantes lo hacían con prisa, sin cabeza, en bandadas y si aparente rumbo fijo. Las luces grises de aquel día cubrían el cielo, que encogía el corazón de los pocos que miraban aún el cielo en la ciudad, quizás esperando ver estrellas a plena luz del día ya que no venían con la noche en aquella ciudad eternamente iluminada por farolas.

Dentro de aquel coche, Sebastian explicaba los detalles de la próxima reunión de Envy, cuya mente vagaba distraída con la mirada perdida tras las lunas tintadas.

-¿Mi señora? -la llamó sin éxito-. Y después hubo una orgía en la que deje embarazada a la señorita Cassandra…

Envy le miró incrédula, volviendo del mundo de sus pensamientos, pero al ver la burla en el rostro de Sebastian se dio cuenta de la broma volvió la vista a la ventana, pero con la mente atenta aquella vez.

-Mi señora, hoy estáis algo distraída, ¿a qué se debe?

-No es nada, Sebastian… -mintió Envy-. ¿Por qué dimitiste?

-Me pareció la mejor solución. No debe indisponerse con el Conde, sobretodo ahora que se acerca el día… Buscaré un buen sustituto, mi señora, tranquila, no notará la diferencia… No debiéramos haber bailado -musitó arrepentido.

-No había otra solución -suspiró con amargura-. Y eso que no me gusta bailar… No me gusta bailar…


-¡Señorita De la Rosa! ¡Coloque bien el pie! -chilló una enjuta mujer de rostro de caballo, gesticulando con una larga batuta-. ¡Otra vez!

Una muchacha de unos diez años, cabello corto estilo paje de un color castaño rojizo y rostro pequeño y grave, lanzó una mirada suplicante al cielo, pero sabía que no le responderían. Nunca se había librado de aquellas clases. Cogió las manos a un chico, de cabello azabache, mayor que ella, y unos enigmáticos y cristalinos ojos azules. Comenzaron a bailar el lento vals que salía de un negro radiocasete. Una niña de ansiosos ojos dorados les miraba apoyada en la pared, ensortijándose sus níveos cabellos entre sus pequeños dedos. Les miraba con envidia. La chillona voz de la arrugada y enjuta mujer cortó el sonido del vals que inundaba con su música un amplio salón de grandes cristaleras.

-¡No, no, no! -bramó la mujer aún más hasta que su rostro se tornó rojo de ira-. Horrible. Señorita De la Rosa, sustituya a su hermana.

La niña de ojos dorados corrió con una sonrisa triunfal al centro del salón, tomando de las manos al niño de ojos cristalinos.

La niña de cabellos castaño-rojizos se apartó de allí, tumbándose al lado de los enormes cortinajes de pesado terciopelo encarnado.

La niña de ojos dorados y el niño de cabello azabache comenzaron a bailar bajo la mirada de aprobación de la arrugada mujer.

El vals cesó sus armónicos sonidos y se escuchó un cálido aplauso, ampliado por el eco de la sala. Una mujer de cabellos castaños, con reflejos granas y dorados, recogidos en un elegante moño, les miraba con sus irisados ojos, que se tornaron de un agradable tono ambarino.

La niña de ojos dorados soltó la mano del niño y corrió hacia los brazos de la hermosa mujer.

-¡Mamá! -chilló la niña alegremente con su voz infantil.

-Hola, tesoro -le saludó esta con profundo cariño-. Bailas muy bien…

La niña de cabellos castaños sintió una punzada de envidia en sus entrañas, pero no dijo nada.

-Aditu, venid -le indicó la mujer con un gesto de sus delicadas manos. Esta se acercó algo recelosa-. Ya puede irse, señora Cattwright.

La enjuta señora hizo una anticuada reverencia y se marchó con el único sonido de sus zapatos golpeando en el suelo de mármol.

-¿Qué ocurre, Madre? -le preguntó Aditu con curiosidad.

-Quiero que conozcáis a alguien.

Entró un hombre de unos veinte años, largos cabellos encendidos, un rostro extremadamente pálido, frío y delicado, y embaucadores ojos miel. Vestía de un rojo tan chillón que parecía querer ofender a la vista. Se arrodilló con una exagerada extravagancia ante la joven Aditu, que le miraba extrañada y algo confundida.

-Hola, querida Aditu. Me llamo Pravus James Odd, pero puedes llamarme James -se presentó con voz suave y seductora como fino terciopelo. Pravus besó la pequeña mano de Aditu-.Estaba ansioso de conocerte.

-Encantada, señor Odd -dijo Aditu, algo extrañada por el peculiar trato con el que la trataba aquel hombre de cabellos rojos.

-Llámame James -insistió Pravus con una sonrisa exagerada. Sacó una caja rectangular que mal-escondía tras su espalda-. Es un regalo para ti.

Aditu miró de refilón a su madre, y esta asintió con una sonrisa extraña en su rostro. Aditu cogió la caja con un murmurado "gracias". Abrió la caja, descubriendo en su interior un elegante vestido azul y blanco. Pravus sonrió al ver la carita extrañada de la niña.

-Es para que te lo pongas esta noche, cuando cene con vosotros… Un pajarito me dijo que tu color favorito es el azul -la miró con un gran intensidad en sus ojos miel-. Me gustan tus ojos…

Aditu le miró algo aturdida y extrañada por el comentario. La madre de Aditu dejó a la niña de ojos dorados en el suelo, que protesto débilmente.

-Señor duque, excelencia, ¿haría usted el favor de acompañarme?

El duque asintió, despidiéndose de Aditu con una extravagante reverencia. Al salir del salón, los tres niños se quedaron solos en aquella enorme sala, sin dejar de mirar el lugar donde había estado el peculiar señor Odd. Aditu miró el vestido índigo y nevado con tristeza, tornándose oscuros sus ojos avellanas.

-Ya que ha preguntado cual era mi color favorito, debería haber sabido que no me gustan los vestidos -suspiró sacando el vestido de la caja.

El niño de ojos de hielo y la niña de ojos dorados se acercaron con curiosidad a mirar el vestido. Era de una fina tela, hecha a mano, y con delgados hilos de oro en los bordes de las mangas. Sin duda costaría una fortuna.

-¡Qué bonito! -exclamó la niña de ojos dorados, que brillaban con una pizca de envidia.

-Jackie, te lo daría si Madre me dejase hacerlo. Odio los vestidos.

-Así que ese es el duque Pravus -musitó el niño pensativo.

Las niñas le miraron intrigadas, pero el niño no dijo nada, sumido en sus pensamientos.

-¡¡SEBASTIAN!! -chillaron las niñas intentando llamar la atención del niño, que salió de su ensimismamiento y murmuró una disculpa-. ¿Quién es Pravus?

-Es al que le han prometido la mano de Aditu -explicó Sebastian con sencillez.

Las niñas se miraron entre ellas con una extraña expresión el rostro, y luego miraron la mano de Aditu fijamente.

-¡¡YO NO QUIERO QUE SE LLEVE MI MANO!! -lloró Aditu aferrándose la mano con la otra.

-¿¡Por qué quiere ese hombre cortarle la mano!? ¡ES CRUEL! -lloró Jackie.

-¡Qué no es eso! -dijo el chico con impaciencia-. Simplemente cuando Aditu sea mayor se casará con ese hombre.

-¿Ca-sar-me? ¿Yo? -dijo Aditu con incredulidad-. Es muy mayor para mí.

-Aunque es guapo -musitó Jackie, siempre mirando el lado práctico de todo.

-¿Y por qué no te casas tú con él?

-Ójala… ¿Crees que Mamá me dejará?

-No os enteráis… -murmuró Sebastian con gesto cansado-. Aditu está prometida con él, y no se puede cambiar. Los prometidos no son como los cromos… "Te lo cambio, que lo tengo repe". No. Sólo uno.

-Entonces… Un prometido es como un novio… -musitó Aditu pensativa.

-Supongo que sí…

-Pues debería haber sido más amable y no haberme traído un vestido -suspiró molesta-. Vámonos antes de que Cattwright vuelva. No me gusta bailar…


Del luminoso salón de los recuerdos de su mente, Envy volvió al oscuro interior del coche en la gris realidad.

-¿Mi señora? ¿Le ocurre algo?

-No te preocupes, Sebastian. Estoy bien.


En el salón de la lujosa suite imperial del hotel más caro de la Ciudad, decorada con tonos blancos y dorados, de cuyo techo caían grandes lámparas de araña. Bajo las luces que estas despedían, en un confortable sillón de terciopelo rojo, un anciano miraba con sus ojos acerados a la joven sentada frente a él. El anciano de cabellos completamente blancos, de piel morena manchada por el sol y la edad, tenía sus manos, de finos y delgados dedos, en los brazos del sillón, engarfiadas, y daban la apariencia de las arrugadas garras de un halcón. Los ojos azules del anciano la miraban con una expresión ruda en el rostro. Aditu, sentada frente a él en una cómoda silla acolchada, con Sebastian tras ella en actitud solícita.

-Has venido con él, Aditu -dijo el Conde con su voz grave y profunda. A pesar de su rostro, contraído en un gesto sombrío, tenía una faz entrañable, la clase de anciano a quien todos los niños llaman abuelo-. Creo que te dijeron que debías deshacerte de él.

-Conde, debo insistir. Sebastian es un buen mayordomo, y ha demostrado ser leal a nuestra casa, al igual sus antepasados antes que él -explicó Envy con expresión algo ausente.

-Ese maldito mayordomo a deshonrado la estirpe de sus antepasados, que tan noblemente llevan sirviendo a nuestra familia generaciones -gruñó el Conde Anthony De la Rosa, con una expresión de ira en sus ojos casi blancos.

Apareció un mayordomo de cabellos grises y rostro arrugado, e informó a Envy con voz neutra de que alguien la llamaba. La joven Condesa salió de la habitación, dejando a Sebastian y al Conde solos. El Conde lanzó una mirada helada a Sebastian, cuyos ojos de hielo seguían siendo impasibles.

-Hiciste mal, Sebastian. Has deshonrado a tu familia -rugió el anciano-. Has caído muy bajo, Sebastian.

-Trabajo para una familia de corruptos oligarcas. No puedo caer más bajo -le respondió con una burlona sonrisa.

El rostro del anciano se tornó rojo de ira, pero en vez de gritarle e insultarle, sacó un bote de plástico, de donde sacó una pastilla que tragó con rapidez. Su piel volvió a recuperar el color normal, y le dirigió una mirada fría e inhumana de sus ojos azules.

-No vuelvas a acercarte a mi nieta, ¿está lo suficientemente claro?

-Claridad cartesiana -respondió Sebastian.


Romina miraba expectante a Ezequiel, que leía el papel que tenía entre sus manos, la propuesta de Romina, con expresión concentrada. Al rato, alzó la mirada de sus ojos castaños, que poseían un brillo divertido.

-Es magnífico y brillante. No lo publicaré.

La sonrisa de Romina se desvaneció de su rostro de suaves tonos trigueños.

-¿Qué? ¿Por qué? -le interrogó con expresión calma-. Ese tío es un puto corrupto.

-Lo sé. Créeme, lo sé muy bien. Pero no vamos a decir nada. Va en contra del partido del presidente, Black -dijo con una mirada bajo aquellos rizos caobas.

-¿Así que tú también eres corrupto? Me lo imaginaba…

-No nos hemos convertido en el periódico más leído siendo idealistas, Black. Le damos a la gente lo que quiere leer -cogió los papeles y los puso en el fax, marcando el número sin dejar de mirar a Romina-. No te preocupes. Sé lo enviaré, y si me lo permite, lo publicaré, siempre y cuando que los contenidos sean correctos.

-¿Y sobre qué quieres que escriba? -musitó con un gruñido ronco, pero su rostro seguía calmo.

-No sé… Corrupciones en los enemigos del gobierno, de las cosas buena que haga, los trapos sucios de algún famoso… Haz lo que veas, pero recuerda para quien trabajas.


-Al final no he podido convencerlo -musitó Envy pensativa-. Supongo que este es el final, Sebastian. Nuestros caminos se separan en este punto. El pacto está ya muerto.

-Fue un placer haberla servido, mi señora -dijo Sebastian con un además respetuoso.

Habían dejado el coche y caminaban por la acera entre la multitud sin rostro, fundiéndose con ella. Envy no llevaba la peluca ni las lentillas para evitar que cualquiera pudiese reconocerla.

-Sebastian, es innecesario que sigas mintiendo. Ya no trabajas para mí.

-Era horrible levantarse a las cinco de la mañana, tener que seguirla a todos lados y carecer de vida propia… -dijo con cruda sinceridad-. Pero estoy tan acostumbrado que dejar de hacerlo será bastante difícil. Son veinte años de mi vida.

-¿Qué harás? Tienes los suficientes ahorros para vivir holgadamente muchos años.

-Creo que viajaré -musitó con un brillo anhelante en sus ojos de hielo-. Primero iré a visitar la cuna de Poe, y después, a Barranquilla. Y luego el mundo.

-Ten cuidado, Sebastian. Mucha gente dice que Barranquilla enamora.

-He de vivir en algún sitio -opinó encogiéndose de hombros. Miró su reloj de bolsillo-. Démonos prisa. El señor Gluttony debe de estar esperándonos.


Gluttony tenía la mirada fija en el techo de su piso, dando sorbos ocasionales a su café, que se había quedado frío entre sus manos, pensando en lo que había pasado la noche anterior. Se preguntaba que habría hecho mal, en que había fallado… Alguien llamó a la puerta, sacándole de su ensimismamiento. Miró la puerta extrañado, ya que los gruñidos del portero solían avisarle de las visitas. Se levantó, deslizándose como un gato y quitándose las migas de su amplia camiseta.

-Ya tardabas, En… -dijo mientras abría la puerta. Un joven de cabellos como sangre coagulada entró en su piso, dejando a Gluttony confundido, sujetando la puerta-. ¿Pride? ¿Qué…?

-¿Qué pasa, tienes visita? -dijo con una pícara sonrisa-. Blitch está buscando a Lust. Llevamos horas intentando hablar con ella.

-¿No aparece? -preguntó Gluttony con el ceño fruncido.

-¿No está aquí contigo? -palideció Pride ligeramente-. Creí que por la noche…

-Sí, vino, pero… Se fue.

-¿Se fue? ¿Antes de? -Gluttony asintió-. ¿Qué le hiciste? -gruñó sacando los dientes amenazadoramente.

-¡Nada! ¡Lo juro! Es que…

Gluttony no continuó, avergonzado. Otra persona no se habría dado cuenta de nada, pero él era Pride, el único hombre que parecía tener rayos X en los ojos.

-Le dijiste que la querías -adivinó Pride con una sonrisa burlona. Gluttony le miró alarmado-. ¿Qué quieres? Soy el Gran Pride, el hombre que todo lo sabe -añadió con una expresión orgullosa en su rostro.

Gluttony exhaló un suspiro cansino y se sentó de nuevo en su sofá, con la mirada perdida en el infinito.

-Se me escapó -musitó Gluttony, con un extraño brillo en sus ojos cafés-. ¿Estará bien?

-Es Lust -dijo llanamente, como si eso lo explicase todo.

-Supongo que tienes razón -entonces, Gluttony clavó sus inquisitivos ojos cafés en Pride-. ¿Qué haces aquí? Y no me digas esa excusa. Wrath me habría llamado para preguntarlo.

-¿La verdad? Me aburría.

-¿Te aburrías?

-Sí. Aunque te parezca increíble, tener fans pegadas a mi cuerpo todo el día puede resultar agotador.

-No me mientas. Tú nunca te has cansado de que te besen el culo-replicó Gluttony.

Pride rió a carcajada limpia, sentándose en el sofá. Después de un rato, se enjugó las lágrimas de sus ojos y miró a Gluttony como un niño travieso al que le descubren en una broma.

-Me escaqueo. Blitch me ha pedido que cuide de Luca, y llevo todo el día haciéndolo.


-Buenos días, Jane -saludó Ezequiel a la recepcionista de ojos celestes.

-¡Hola, monada! -dijo la recepcionista con dulzura, ignorando a Ezequiel y acariciando los suaves rizos caobas de Luca-. ¡Qué mono eres! ¿Quieres caramelos?

-Jane… -musitó Zeque, intentando llamar la atención a la recepcionista, que sólo tenía ojos para el niño.

Pride agarró a Luca y lo introdujo en su despacho, donde un montón de gente le esperaba. Se echaron encima de él libreta en mano, dispuestos a saetearle a preguntas, pero se pararon en seco al ver que casi aplastan al niño de rizos caobas.

-¡Qué niño más mono! -dijo Sarah abrazando al niño, olvidándose de Pride.


-¿¡Te sientes amenazado por un niño de ocho años!? -exclamó Gluttony incrédulo.

-¡Claro que no!

-Ya… -comentó Gluttony suspicaz.

-Entonces, Lust ha desaparecido en combate…

-Menudo requiebro de tema -murmuró Gluttony inaudiblemente.


Escuchó el sonido del tañido de las campanas de una iglesia cercana, que anunciaban que las diez habían llegado.

-Creo que deberías irte… -le instó Daniel algo nervioso.

-¿Por?

Ya era tarde. La puerta se abrió silenciosamente, ya que había olvidado cerrarla. Pride miró extrañado a Envy, esbozando una sonrisa orgullosa.

-Querida Envy, veo que me sigues. Si quieres una cita, sólo tienes que pedirla -añadió pícaramente-. Buenos días, Sebastian.

-Buenos días, señor Scorpaniti. Luce usted magnífico.

Pride ensanchó aún más su sonrisa orgullosa.

-Envy, me encanta este mayordomo. Tiene un buen sentido del gusto. ¿Crees que podrías prestármelo?

-Mañana, Sebastian dejará de trabajar para mí. Contrátalo si quieres, pero tendrás que coger turno. Majo y Cassidy ya me lo han pedido.

-Nunca me había sentido tan solicitado -comentó Sebastian con una expresión fría y algo arrogante.

-Superbus... -musitó Envy algo distraída-. ¿Qué haces aquí, Pride?

-Asuntos de Blitch.

-Si no te importa, tenemos asuntos que tratar con Gluttony.

-Me importa -replicó cortante. Sus ojos castaños le dirigían una murada punzante e inquisidora-. ¿Qué tramas? -añadió Pride, desvaneciéndose la sonrisa de su rostro.

El agraciado rostro de Pride se volvió serio y sombrío, y, en cierto punto, aterrador. Pero no amilanaba a Envy, de frío y muerto corazón.

-¿Acaso crees que traicionaría a tu padre, el dueño de mi cuerpo y de mi alma? -musitó con un deje de amargura en la voz-. Una De la Rosa nunca incumple su palabra.

-Entonces, dime que es lo que tramas, y después juzgaré si has mentido o has mantenido tu palabra.

Envy miró a Gluttony, y este suspiró con aire cansino. Se reclinó sobre la mesa, encendiendo el micrófono y los altavoces.

-Greed, ¿me oyes?



Las luces de la mañana entraban por la ventana, abierta a las brisas suaves de la reciente primavera, que acariciaban el rostro dormido de una joven de cabellos castaños, de tez ligeramente pálida y enfermiza. Un hombre de ojos garzos la contemplaban con una terrible expresión en el rostro. Era una expresión horrible, en el que los helados ojos estaban teñidos de un brillo oscuro, ahogándose en un miedo ansioso, obsesivo y avaricioso, y su rostro contraído en una mueca siniestra.

-Greed, ¿me oyes? -escuchó en el pinganillo de su oído.

Sus facciones endurecidas se relajaron, y el horrible brillo de sus ojos se disipó, dejando ver de nuevo sus claros y afilados ojos garzos.

-Estoy. ¿Qué ocurre?

-¡Hola, Greed! -chilló una voz que reconoció como la de Pride.

-Nos pilló -se disculpó Gluttony con un tono compungido.

Greed suspiró, lanzando una fugaz mirada a la mañana que se asomaba por la ventana. La joven murmuró algo entre los dulces sopores del sueño. Greed se quedó petrificado con el corazón en un puño.

-¿Qué le digo? -musitó para sí.

La muchacha se giró entre las sábanas y abrió sus ojos castaños con dificultad. Ahogó un grito de sorpresa al ver a Greed.

-Amm… -alcanzó a musitar Greed, sin saber que decir. Su mente estaba en blanco.


-¡Qué brillante, Greed! -comentó Envy mordaz-. Delante de una chica y sólo se te ocurre decir eso.

-Pregúntale si tiene hambre -resolvió Gluttony dándole un sorbo al café que se acababa de servir-. Una mujer siempre se gana por el estómago.

-Eso son los hombres, Gluttony -corrigió Envy, deleitándose con el sabor del té que Sebastian le había ofrecido.

-Dile que eres el mejor hombre que encontrará jamás. Eso siempre y cuando no me ponga yo por medio -añadió con una sonrisa. Gluttony le fulminó con una mirada cansina-. ¿Acaso se te ocurre algo mejor? ¿Envy?

-No soy de enamorar a mujeres -bufó algo indignada.

Sebastian se acercó al micrófono y carraspeó algo nervioso.

-Señor, repita todo lo que le digo a usted.


-¿Quién eres? -le preguntó la joven, algo asustada.

-¿Yo? No soy nadie. Sólo un hombre enamorado.

-¿Por qué me mirabas dormir, Nadie? -le dijo con una mirada furibunda.

-Ya tengo mirada para colgar en mis sueños, pues mis cuadros oníricos toman un tono avellana. Avellana como esos ojos que no puedo dejar de mirar. Una musa tan divina, que para inspírame no necesita decir una palabra, sólo dedicarme una mirada.

La joven se quedó sin aliento, sin saber que decir. Su mente se había quedado en blanco. Con dificultad, se obligó a sí misma a reaccionar.

-Nunca nadie me había dicho algo así.


Sebastian escuchó esas palabras y esbozó una triste sonrisa.

-Y por eso este mundo es injusto. En uno justo tú estarías en un pedestal y los poetas dedicarían su vida a componerte cantares.

1 comentario:

  1. DARUUUUUUUUUUUUUU
    Mi queridísima bicha!! No podés dejarlo aquí, tengo que seguir leyendo como sigue, ¿no ves que Gluttony es genial? (ok, sí, mi super ego...) Y no le quités a Lust tan rápido, que se diviertan un rato más que esos dos son una bomba (en más de un sentido)
    Sigo opinando que Sebastián es un poco Gary (y la última vez que te lo dije me pegaste una tremenda regañada), pero es que lo hace todo! Y todo lo hace bien! Si eso no es ser Gary, no sé que lo sea...

    Pero bueno, por favor, por favor, por favor continualo!!
    Te quiere,
    Villa

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