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11 mar. 2011

Rojo - Capítulo 0

Prólogo:

El sonido de la hojas arrastradas por el viento era lo único que Caín podía escuchar. La mañana no había traido consigo los trinos de los pájaros ni la luz del Sol. El cielo se fundía en un indefinible color gris que había estado así desde el principio del invierno.
Dio un largo y cansino supiro y pagó su aburrimiento con una lata de Coca cola. El movimiento despeinó su alborotado cabello caoba, color de la sangre seca y las hojas en otoño. Aquello era lo más llamativo de él, ya que ni sus ojos negros ni su rostro atemporal atraían la atención.
Era un frío día de verano, algo anormal en la soleada región californiana. Parecía como si un trocito de invierno se hubiera colado en el calendario en pleno Junio. La gente, acostumbtada al calor, no salía de su asombro, y se recluyeron en sus casas a la espera de que todo volviera a la normalidad. Caín meditó sobre lo que la humanidad, o al menos, la mayoría de ella, pensaba que era normal. Sol en verano, frío en invierno, comida en la mesa y todo el mundo feliz. Una gran mentir. El mundo era una gran mentira, una bola llena de agua, tierra y prejuicios que nadie se molestaba en rebatir. Nadie esperaba que eso cambiase, y Caín no se hacía esperanzas con ello. El mundo estaba mejor así.
Algo llamó su atención a lo lejos. En medio de aquel tranquilo barrio residencial, tres figuras rodeaban a una cuarta, que suplicaba tenuemente e intentaba escabuyirse de las otras. Era una muchacha, de unos diecinueve años, cabello castaño con vetas de oro y sangre. Su piel, mortalmente pálida, era algo fuera de lo común en la soleada california. Las otras figuras, por su estatura y complexión, se adivinaba que eran varones, aunque nada podría confirmarse a menos que apartasen las capuchas de las capas que cubrían sus rostros. Caín dudó si acudir o no, pero un aroma decidió por el. Un fuerte olor a aguacate.
-Hola, chicos. ¿Algo interesante? -dijo mientras se colocaba frente a las figuras.
-Tú no te metas, imbécil. -gruñó el más bajito, de voz aspera y sibilante.
-Por favor, caballeros. Esa no es forma de hablar frente a una dama. Pensaba que los brujos aprendían modales.
-Desaparece, Cain. No tenemos nada en contra tuya. Ella es la única que nos interesa. -reiteró
-¡Ah, las brujas! Siempre creyendo que pueden hacer lo que se les venga en gana. Y los brujos, como siempre, haciendo caso a las viejas del consejo. Empiezo a entender porque prefieren a humanos como compañeros.
-Cain, desaparece, en serio. No queremos eliminarte. -dijo con un ligero temblor en la última palabra.
La expresión de Caín cambió completamente. Sus ojos se volvieron más profundos, oscuros y hambrientos, por mucho que su sonrisa tuviera aquel aire de desdén, emitía un aura siniestra.
-Puedo oler tu miedo, brujo... -su voz sonó más grave que antes.- Si aún no me habéis matado es por puro miedo. Desapareced, antes de que me enfade.
Las figuras se miraron entre ellas, inquietas. La chica les observaba desde el suelo, confundida, sin comprender porque aquel chico pelirrojo les daba tanto miedo. De repente, uno de ellos, lanzó una bola que golpeó a la chica. La bola se rompió y manchó su ropa de una sustancia verdosa y pastosa. El chico se giró y maldijo por lo bajo mientras los hombres musitaban una breve letania en un idioma que la chica no entendió. Cerró los ojos con fueza y simplemente esperó. Nada.
Abrió los ojos de nuevo, temblando, con sudor en la frente, y vio los atónitos ojos negros del chico clavados en ella. Aquellos ojos profundos, de tupidas y femeninas pestañas, que en él se veían terriblemente sexys. Pero ella sabía que era sólo apariencia, un arma, y su cuerpo se revelaba contra ella sintiendo asco y repulsión por él. Kate se sintió mal por ello, y sin embargo, no podía evitarlo.
-Os lo advertí... -comentó Caín con una retorcida sonrisa.- Bye bye, beautiful...
Con rapidez, sacó una extraña daga retorcida de algún lugar y la clavó en el rostro en la más alta de las tres figuras. Las otras retrocedieron unos pasos al instante, mientras un fino hilo de sangre se paseaba por el filo de la hoja. El cuerpo del hombre cayó hacia atrás, liberando la hoja y dejando al descubierto un rostro sorprendido y deformado. La chica sollozó algo, sin poder dejar de mirar la sangre que goteaba de la cuchilla, hipnotizada.
Caín limpió la hoja en la ropa del muerto sin que su rostro cambiase de expresión.
-Decidid. Huir o morir.
El restro gruñó por lo bajo y se marcharon corriendo, dejando atrás el cuerpo de su compañero muerto.
-¡Ah, el noble arte de la escapada! -rió siniestramente. Se giró hacia la chica que tembló al ver la negrura de sus ojos. Su rostro volvió a ser tan anodino como siempre.- No voy a hacerte ningún daño.
-¿Qué eres?
-Esa es una buena pregunta que muy pocos se hacen. Un qué en vez de un quién. Bueno, como has podido comprobar o soy un asesino, o un justiciero, o un verdugo.
-¿Y cuál de todos eres?
-Todos y ninguno. ¿Qué diferencia a un verdugo de un asesino? ¿Y al justiciero del verdugo? Poca cosa. Decídelo mientras nos vamos de aquí.
Le agarró la mano con fuerza, levantándola del suelo, y la arrastró corriendo lejos del lugar, sin mirar atrás. Poco tiempo después, el grito aterrado de un niño alertó a todo el vecindario. Luego, todo se llenó de policias, forenses y vecinos curiosos. Un atraco frustado, nada más. Un lamentable incidente.

Kate cayó rendida en una cama blanda y cómoda. No recordaba cómo había llegado allí. Lo único que paseaba por su mente era haber caminado bajo la cálida lluvia de verano, siguiendo al punto rojo que había frente a ella. La mano del chico estaba helada. Su pelo y aquella mano fría era todo lo que pululaba por su mente en aquellos momentos, hasta que cayó en una oscura inconsciencia despoblada de sueños.

El olor del café la despertó. Abrió los ojos y no reconoció la habitación en la que estaba. Lentamente, su cabeza se fue despejando y comenzó a recordar lo que había ocurrido. El deformado rostro del brujo, y ante todo, la terrible expresión de tranquilidad de aquel chico.
-Buenos días. -Kate chilló asustada. Caín se restregó los oídos con expresión dolida.- No hacia falta reventarme los tímpanos.
-¿Te importaría llamar a la puerta la próxima vez? -apostilló Kate con un tono algo histérico.
-¿Por?
Kate le fulminó con la mirada. De repente, notó algo extraño. Miró bajo las sábanas y comprobó que no llevaba la ropa de ayer, sino un aspero pijama azul. De hecho, ni siquiera la llevaba ropa interior. Abrió la boca para chillar, pero la cerró de nuevo porque no quería parecer ridícula, y fingió no haber notado nada.
-Gracias por lo de ayer.
-No tienes que dármelas, no lo hice por ti.
-¿Entonces?
-Me aburría.
Entornó los ojos, visiblemente molesta, pero al ver que no hacía efecto en el chico se levantó de la cama con gesto airado.
-En fin, ¿cómo te llamas? -le preguntó el chico mientras jugueteaba con el anillo que llevaba en el dedo.
-Kate.
-Encantado, gatita. -sin decir una palabra más desapareció tan repentinamente como había aparecido.

Descalza, Kate dedicó media hora a explorar completamente la casa. Tenía dos pisos, y aparte de su cuarto, había otros cuatro más, vacías y sin mobiliario, además de una puerta que no había sido capaz de abrir y que dedujo que sería el cuarto del chico.
En la lavandería, encontró prendas de mujer, planchada y ordenada. Se preguntó quién sería la dueña de aquella ropa y si le molestaría que la usase. Finalmente, se decidió por unos vaqueros oscuros de hombre y una amplia camiseta negra. Pasó por la cocina y recogió provisiones (un enorme bollo de chocolate) y siguió investigando la casa. Por muchas vueltas que dio, no consiguió encontró rastro alguno del chico. Había rebuscado en todas las habitaciones, menos aquella que estaba cerrada. Con una picara sonrisa, sacó una horquilla que había requisado en el baño. La rompió, e introdujo las partes, apretando los resortes, hasta que la puerta cedió y se abrió. Se levantó con expresión triunfal.
-¿Vas a alguna parte? -dijo una voz conocida tras su espalda.
Se giró y se encontró con aquellos familiares y anodinos ojos negros, aquel cabello del color de la sangre.
-Yo... Esto...
-Veo que te has vestido. Eso es bueno, porque te vas.
-Lo siento, perdón. Es que tenía mucha curiosidad. ¡Perdón, perdón! Si hubiera sabido que no podía entrar no habría...
-Normalmente, cuando una puerta está cerrada es porque no es para que la gente entre dentro. -comentó enarcando una ceja.
-Ah... Perdón... ¿Cómo te llamas?
El chico ladeó la cabeza, aturdido por la forma tan brusca y evidente de intentar cambiar de tema.
-Caín.
-¿En serio?
-¡Pues claro! ¿Qué te esperabas? ¿Qué me llamase Jack y fuera un increible rubio de ojos azules, un superhéroe que va a salvar el mundo?
-E... Es un nombre poco común, no te enfades...
-La gente siempre ha tenido a Caín como el malvado. Y tienen razón. Mató a su hermano por celos y pura envidia. Pero pagó por ello. ¿Acaso es necesario seguir mirándole mal por ello?
Kate se quedó callada, no sabía que responder a ello.
-Y ahora, vete. Tengo cosas que hacer. -se giró y se dirigió a las escaleras.
-Mira, Kate... -se paró y le habló sin girarse, sin mirarle a la cara. Su voz se tornó más grave y siniestra.- Hay miles de criaturas como tú que huyen de los brujos. Si no les supiste mantener alejados es tu problema, no el mío.
-Pero, tú me salvaste...
-Como te dije antes, estaba aburrido. Además, se supone que yo te he salvado. Agradécemelo largándote de mi casa.
Kate notó como se le humedecían los ojos, pero se mordió los labios, esforzándose por no llorar. Se fue hacia la puerta dando zancadas, dejando a Caín de pie en el pasillo.
-Debiste ser más amable con ella, Cain. -dijo una voz tras la puerta entornada.
-¿Para qué? Sólo es una criatura estúpida y débil. Debí haber dejado que los brujos la hicieran explotar.
-Ya sabes lo que es, Cain. Triste y solitaria es la existencia...
-Lo sé, lo sé. -le cortó Caín malhumorado.
-Deberías ayudarla y dejar atrás batallas pasadas.
-Sólo es un puñetero culo blanco. No es mejor ni peor que otros que han muerto.
-Pero necesitarás aliados... -comentó la voz sugerentemente.- Tú solo no lo conseguirás. Pero a ella la ayudarán... -tras esta frase tan lógica, Caín adivinó que se estaba riendo de él.
El pelirrojo bufó cabreado y bajó las escaleras a saltos, mientras la puerta se cerraba de nuevo.

Kate sollozaba balanceándose suavemente en el columpio de un parque cercano. A pesar de que era mediodía y de que el Sol había vuelto, no se veía a ningún niño, ni se escuchaban sus risas infantiles. Recordó el día de ayer. Había sido un día horrible, y con un asesino suelto, las madres no querrían que sus hijos saliesen fuera. Era algo normal.
-No deberías estar sola por aquí.
Kate se sobresaltó al ver a Caín sentado en el columpio parejo. Mechones grana caían sobre sus ojos oscuros y su piel suavemente bronceada.
-Siento haber estado tan brusco antes. No estoy acostumbrado a tener gente en casa.
-¿Vives solo? -Caín asintió.- ¿Y de quién es la ropa de mujer?
Un fugaz brillo de dolor en los ojos de Caín la hizo callarse de nuevo.
-Lo siento.
-No, no te disculpes. Era de mi hermana. Ella era una bruja, una de las cuatro brujas del consejo del Norte... Pero se enamoró del hombre equivocado... Murió hace mucho tiempo.
Un silencio tranquilo se abrió entre ellos. El suave gemido de la brisa entre los árboles era lo único que se oía. De repente, Caín se levantó y se colocó frente a ella, tendiéndole la mano. Ella le devolvió una mirada aturdida.
-Vamos, gatita. Volvamos a casa.

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