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30 ene. 2011

Las Garras del Demonio - Cap 3

Greed

El tenue fulgor del Sol comenzó a crecer hasta cegar la vista de aquellos valientes que contemplaban el amanecer. El cielo, antes añil y rosáceo, comenzó a pintarse con brochazos de oro, hasta que el cielo completo quedó teñido de dorado. Los edificios se tiñeron de colores bruñidos y brillantes, como si quisiesen competir con el mismo Cielo.

Desde un titánico rascacielos, en un de los pisos más altos, un hombre joven contemplaba con su mirada azul el dorado amanecer y en su rostro una sonrisa satisfecha, teñida una expresión de orgullo que le recorría todo su cuerpo, enfundado en un caro traje de rayas hecho a medida. Se arregló su engominado cabello azabache y en un rápido movimiento se colocó el cuello de la chaqueta y comprobó sus gemelos de oro.

La puerta se abrió de repente y apareció tras la puerta una mujer trajeada, de aspecto eficiente, con un ordenado moño en su pelo arisnegro y unos audaces ojos esmeralda tras unas gafas de montura plateada, fina y elegante.

-Señor Tudor, el señor Iscarioth de Gaia-corps desea hablar con usted antes de la reunión de las diez.-le informó la secretaria con voz fría.- ¿Le hago pasar?

Tudor asintió, sentándose en el cómodo sillón de cuero negro. La secretaria hizo pasar a un hombre de traje caro y rasgos severos, aunque sus oscuros ojos estaban surcados de ojeras y su cabello realmente corto le decía mucho a Tudor sobre él.

-¡Adam J. Iscarioth! ¡Qué agradable sorpresa!-exclamó Tudor con la barbilla apoyada sobre sus manos entrecruzadas con los codos sobre la mesa.-Veo que el futuro vicepresidente de Gaia-corps ha venido a hacerme una visita.

-He venido para saber como ha ido el encargo.-dijo con voz fría e indiferente.

Tudor esbozó una sonrisa complacida al escuchar el tono gélido de su voz. Era frío, como debe ser un buen empresario. Sin duda, pronto se convertiría en el presidente de Gaia-corps.

-No te preocupes, Iscarioth.-sonrió con un suave gesto de su mano que le incitaba a relajarse.-Nosotros nunca cometemos errores… Nunca.-reiteró con una mirada gélida y siniestra que puso los pelos de punta al insensible y flemático Iscarioth.-Por ello, queremos la segunda mitad de lo acordado… Dos millones…

-Está todo dispuesto. Di cómo, cuándo y dónde.-respondió Iscarioth, recuperando la compostura.

-Bien… Y recuerda que si nos fallas…-dejó la frase en el aire con una sonrisa siniestra.-Quizá compre algunas acciones de tu empresa.-comentó Tudor, desviándose del tema.

Nada en su rostro ni en sus gestos recordaba la siniestra amenaza que acaba salir de sus labios. Iscarioth tragó saliva de modo casi imperceptible, y se maldijo a sí mismo por haber tratado con la gente de Blitch.

-Me alegro.-musitó con una sonrisa de suficiencia.-Sin embargo no puede. Gaia-corps es una empresa familiar y todas las acciones están repartidas únicamente entre la familia. Nadie de fuera puede comprara acciones. Todo queda dentro de la familia…

-No creo que tu familia se considerase como tal si se enterase de tu secreto, Iscarioth.-dijo en un tono trivial.-Siempre se te dieron bien las palabras. Estoy convencido de que convencerás a tu familia para abrirse al mercado.

No era una amenaza directa, sino un chantaje velado tras unas amistosas e ilusorias palabras. La frente de Iscarioth estaba perlada por un sudor frío, provocado por el miedo que provocaba en él, el hombre de ojos índigos que estaba frente a él.

-Yo no puedo hacer nada.-se defendió Iscarioth, cada vez más nervioso.-Hay un contrato blindado que impide la compra de acciones por cualquiera ajeno a la familia.

-¿Y si entrara en la familia?-dijo Tudor con una extraña sonrisa en el rostro.

-Aunque te casases con alguien de mi familia, las acciones serían de ella; además, las acciones no entran en el acta de divorcio.

-No pensaba divorciarme.-susurró en voz queda, y su sonrisa se volvió siniestra y aterradora.

Adam se levantó del asiento aterrorizado. Se marchó del despacho, horrorizado por el rumbo que habían tomado las cosas, por lo que había hecho. Nada más marcharse, Tudor apretó un disimulado interruptor y un compartimento secreto se abrió, donde solo había un móvil prepago. Casi inconscientemente, marcó un número de teléfono a una velocidad endemoniada.

Tudor esperó pacientemente y cuando parecía que nadie contestaría a su llamada, alguien descolgó el teléfono.

-¿Digamelón?-dijo una voz al otro lado del teléfono.

De fondo se escuchaba el repiqueteo de la porcelana al moverse y el sulfuroso sonido del fuego.

-Soy Greed.-dijo Tudor escuetamente.

-¿¡Greed!?-exclamó la voz, evidentemente sorprendida. La voz era masculina, aunque ligeramente atiplada.- ¿Qué quieres, Greed? ¿Para qué me llamas a estas horas? Es peligroso…

-Tranquilo, Gluttony.-le calmó Greed, reclinándose en su sillón.-Necesito que hagas algo por mí.

-¿Lo sabe el jefe?

Greed meditó la respuesta, vacilando si mentirle o no. Pero recordó su máxima: "Nunca mientas, solo oculta la verdad."

-No.

Un silencio se abrió mientras Gluttony meditaba la propuesta de Greed. Greed esperó pacientemente mientras miraba por la enorme ventana de su despacho.

-Hablaremos a las diez de la noche.-respondió Gluttony en un susurro, rompiendo al fin el silencio que se había abierto en la conversación.-Ya sabes donde encontrarme.-colgó.

Greed volvió a guardar de nuevo el móvil en el compartimento oculto de la mesa, esbozando una sonrisa satisfecha. En aquel mundo, solo los más fuertes sobrevivían, y Alexander Tudor era fuerte. No había llegado tan joven un cargo tan importante si no hubiera sabido moverse en aquel mundo. El dinero lo compraba todo, incluso el mismo dinero. Y él era Greed, y nada estaba fuera de su alcance. El mundo, un día, estaría en sus manos.

-Me encanta este mundo…-musitó Greed, mirando por la ventana de su impresionante despacho.- Es tan agradablemente corrupto.

Miró con avaricia los edificios, mientras se deleitaba pensando que algún día serían suyos. Ya que Greed significa Avaricia.

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